Entrevista a Jovino Novoa en la Revista Mujer


Este senador dice ser muchísimo menos conservador de lo que aparenta. Se reconoce incluso liberal, asegurando que no les impone sus creencias a sus hijos y que además no tiene ningún problema en soltar de vez en cuando un garabato.

Por: Leo Marcazzolo
Publicado en Revista Mujer de La Tercera

Mientras el senador UDI Jovino Novoa (65) se pone ultraserio para plantearme que es uno de los más fuertes opositores a subirles el impuesto a los empresarios para la reconstrucción del país, en ese preciso momento algo curioso lo interrumpe: es el sonido de su celular con nada menos que el himno de Colo-Colo.

–Aló, Moscú. ¿O sea que de verdad, senador, usted es colocolino de corazón? –le pregunto impresionada de que con esa pinta de paltón que tiene sea hincha de un equipo tan popular. Y me responde que desde chico que lo sigue y que, a pesar de lo que dictan las apariencias, él es muchísimo menos conservador de lo que yo supongo. “Me siento definitivamente liberal. Si fuera el prototipo del conservador que algunos plantean jamás hubiese permitido que mis hijos pensaran lo que quisieran. Y que tuvieran su propia voz y voto diferente a los míos”.

–¿O sea que algunos de sus hijos piensan tan distinto a usted que son concertacionistas? –le planteo como que no quiere la cosa, pero altiro me queda mirando con ojos de huevo frito y me responde bromeando que no, “que tontos no son”. “Mire, una cosa es que exista la democracia en la familia, pero otra muy diferente es que no haya un sano discernimiento”.

–Será –le digo, y continuamos conversando de su familia. Me cuenta que la tradición más fuerte que tienen es lejos la de preservar el nombre ‘Jovino’. Tanto, que él ya es el quinto de la rama, y su primer hijo y su primer nieto también se llaman así. Yo le hago ver que el nombre dista bastante de ser bonito, pero me dice que ninguno se ha rebelado ni un poquito a heredarlo. “A mí me encanta mi nombre y a mi nieto también. Pero debo concederle que es raro, y que me lo han dicho en varias ocasiones. Una vez, por ejemplo, estaba en la playa con dos amigos: Emeterio y Bonifacio, y un niño encontró tan extraños nuestros nombres, que cuando se los dijimos sólo nos contestó: ‘No puede ser, me están hueveando’”, me cuenta desternillándose de la risa, y yo casi no le doy crédito a que él haya emitido un garabato.

Pero según dice los ocupa con más frecuencia de lo que se podría pensar. Y en diferentes ocasiones: tanto cuando está alegre como cuando anda de malas pulgas. “Cuando amerita, amerita. Por ejemplo cuando me molesto suelto varios. Y te confieso que soy harto bueno para enojarme. Definitivamente uno de mis peores defectos es que soy polvorín”, me dice con una parsimonia tal que no me queda más remedio que creerle.

Y al final de nuestra cita tampoco pongo en duda su lado dicharachero: lo tiene tan desarrollado, dice, que es el primero en salir a bailar cumbia –aunque sea medio tieso– en medio de una campaña política. “Son cosas que uno tiene que hacer nomás. Es imposible abstenerse”, cuenta, dejándome claro que es muchísimo menos tímido de lo que siempre pensé.



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