La política de los acuerdos
Apenas elegido como próximo Presidente de la República, Sebastián Piñera señaló la necesidad de retomar la política de los acuerdos impulsada en los años noventa por el gobierno de Patricio Aylwin. Dicha declaración generó diversas reacciones. Hay quienes se opusieron por considerar que el rol opositor no se condice con el espíritu dialogante y abierto que se requiere para impulsar acuerdos. A mi juicio eso es un error: la oposición puede y debe ejercer su rol fiscalizador con firmeza, pero ello no quita que pueda tender puentes para posibilitar reformas que signifiquen un progreso para el país.
La política de los acuerdos se hizo muy necesaria con el retorno de la democracia. En ese momento tanto el oficialismo como la oposición trabajaron juntos pese a sus diferencias por un bien mayor: el desarrollo del país y la estabilidad de la democracia. Esta actitud de largo plazo fue asumida por la Alianza por Chile, lo que permitió que se concretaran las reformas de modernización del Estado en la administración Lagos y la reforma previsional en la era Bachelet.
En el gobierno de Sebastián Piñera, al igual que en los 90, la política de los grandes acuerdos se hace más necesaria que nunca. Chile viene saliendo de una grave crisis económica, con consecuencias devastadoras para el empleo y la calidad de vida de la personas, y se requiere un fuerte consenso político para poder recuperar el crecimiento económico.
De hecho, la prioridad número uno del próximo gobierno es crear empleos. Para eso se necesita inyectar dinamismo al mercado, lo cual supone ciertas reformas. Si la Concertación le niega la sal y el agua al futuro gobierno, los que más pierden son los desempleados y la clase media.
¿Dónde se pueden gestar estos grandes acuerdos? Tradicionalmente, los grandes debates y “temas país” se han dado en el Congreso, donde los distintos sectores discuten proyectos de ley y aprueban aquellos que generan consenso. De ese consenso se han transformado en ley muchísimas iniciativas muy importantes para el país, como ejemplo, podemos mencionar la reforma procesal penal, los tribunales de familia, la ley de filiación, que entrega los mismos derechos a los niños nacidos dentro y fuera del matrimonio, o la Ley de Acceso a la Información Pública, que transparenta la gestión de autoridades públicas.
El Senado y la Cámara de Diputados deben ser lugares de encuentro y no de revancha. Deben ser escenario de diálogo y no una trinchera política. Lo dije en mi primer discurso como Presidente del Senado. Creo que en el Senado debe promoverse un clima de respeto por el que piensa distinto, sin el cual es imposible llegar a acuerdos. Y sin acuerdos entre gobierno y oposición nos quedaríamos estancados, el país no crecería, no evolucionaría.
Sin embargo, la política de los acuerdos no se circunscribe sólo al Parlamento. Es un concepto mucho más amplio que apunta a la generación de consensos sociales que permitan impulsar medidas buenas para el país. Dichos consensos pueden ser promovidos por los líderes de opinión, tanto en el ámbito político, cultural y económico, con una importancia sustantiva de los medios de comunicación. Para ello es importante dejar atrás la polarización, los extremismos y las ideologías que impiden escuchar las ideas del otro.
Creo que en las últimas elecciones el país dio ejemplo de madurez cívica, con un proceso electoral impecable -orgullo de todos los chilenos-, con el pronto reconocimiento del resultado por moros y cristianos y con una actitud sana y democrática por parte del gobierno y del candidato perdedor. Ojalá conservemos este espíritu en lo sucesivo. Ojalá que la Concertación realice una oposición firme pero constructiva, no perdiendo nunca de vista que el objetivo final es el bienestar de todos los chilenos.