Si se mueve, ponle impuestos


Columna publicada en La Tercera

El 2010, el gobierno central representó un 23,5% del total del producto, sin incluir las municipalidades y las empresas públicas. El Estado chileno ha ido en una constante tendencia alcista, habiendo llegado a un máximo, al fin del gobierno de la ex Presidenta Bachelet, de un 25% del PIB.

Sin embargo, nadie parece cuestionar su tamaño y, aún más, se escuchan voces que desean aumentarlo vía mayores impuestos. Pero la respuesta a los problemas que hoy enfrentamos y a los desafíos del futuro no es más Estado, sino que un mejor Estado.

Como la torta (el producto) es sólo una, más impuestos significa menos recursos disponibles para las personas, menos capacidad de crear riqueza, menos emprendimientos e innovaciones. Todo ello implica menos bienestar, menos empleos, menor consumo e inversión. La solución menos moderna (no progresista, como se autodenominan los izquierdistas) y que ha fracasado varias veces en la historia es que el Estado debe solucionarlo todo. Al Estado chileno se le ha contagiado el problema global de obesidad y hoy su “índice de masa corporal” muestra que tiene mucho peso para tan poca altura. Necesita modernizarse, ser eficiente y reducir su apetito por inmiscuirse en todos los ámbitos posibles.

Se ha planteado que debemos aumentar los impuestos para poder gastar más, cuando en realidad Chile ya cuenta con los recursos suficientes para cumplir con todos los compromisos que se han adquirido. Aumentar los ingresos para luego decidir dónde y cómo gastar no sólo es un absurdo desde el punto de vista de la lógica, sino que, sobre todo, es un error de concepto. Lo que corresponde es una mejor asignación de recursos y mayor calidad en el gasto. Por ejemplo, en educación el gasto se ha multiplicado varias veces y la (mala) calidad de la educación sigue igual.

Otros proponen elevar los tributos para disminuir la desigualdad, cuando la evidencia muestra que esto no tiene un efecto redistributivo. Es decir, no por aumentar los impuestos a empresas y personas tendremos una mejor distribución de los ingresos. Ello se consigue con el crecimiento del país, con empleos de calidad y políticas sociales adecuadas. Las actuales generaciones son menos desiguales y más móviles que las anteriores, entre otras cosas, por el desarrollo y el mayor acceso a educación. Si de verdad quisiéramos mejorar la desigualdad, debiéramos hablar de calidad en la educación, focalización del gasto hacia los sectores más vulnerables, extensión de la educación preescolar y no sólo luchar por más dinero para las universidades tradicionales, que atienden a sólo el 25% de los alumnos de educación superior y concentran a los de mayores ingresos.

Volver a ofrecerle a la ciudadanía una forma fracasada de solución, a través de más impuestos y de un Estado cada vez más grande, no es más que revivir la receta fallida de la izquierda. Vale la pena recordar a Ronald Reagan, quien dijo que la visión de un gobierno socialista sobre la economía podía resumirse en la siguiente frase: “Si se mueve, ponle impuestos. Si se sigue moviendo, regúlalo. Y cuando se deje de mover, subsídialo”.



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