Transantiago: ¿Revolución del Transporte?
Columna Febrero Diario Financiero
Transantiago: ¿Revolución del Transporte?
A sólo un día de que comience el Transantiago vale la pena preguntarse si efectivamente éste cumplirá con la promesa del gobierno: revolucionar el sistema de transporte público en Santiago.
Me remonto varios años atrás cuando el Transantiago era sólo un sueño. Recién comenzaba el año 2000 y el gobierno de Ricardo Lagos le encargó a un grupo de expertos, liderados por Germán Correa, que elaborara el Plan de Transporte Urbano de Santiago (PTUS).
Dicho plan incluía un ambicioso programa de un Sistema Integrado de Transporte Público, además de otras medidas tendientes a reducir el uso del automóvil e incentivar el transporte público. El plan prometía “mejorar la calidad del sistema por la vía de reducir en forma importante los tiempos de viaje y la emisión de contaminantes”.
Siete años después, luego de varios traspiés y atrasos, este plan finalmente se implementará en la capital. El problema es que muchos de los sueños iniciales quedaron en el camino y, con la intención de ponerlo en práctica lo más rápido posible, los Gobiernos de la Concertación se olvidaron de lo más importante: los usuarios del transporte público.
El Gobierno no se acordó de los usuarios cuando dejó para último minuto la información y difusión del nuevo sistema de transporte. Debido a la complejidad de los nuevos recorridos y a la poca información que tiene la población sobre los cambios que se vienen es probable que reine el caos durante los primeros meses.
El Gobierno no se acordó de los usuarios cuando calculó que en cada bus y en cada vagón del Metro deberán subir seis personas por metro cuadrado. Aunque ello se pretenda justificar con criterios de eficiencia económica, hay que recordar que el objetivo primordial ofrecido era dar a la población un sistema de transporte público de mayor calidad, promesa que no se cumpliría.
El Gobierno no se acordó de los usuarios cuando dejó para último minuto la construcción de la infraestructura necesaria para que circulen los buses del Transantiago (estaciones de transbordo, paraderos y estaciones intermodales). Ello significará congestión y aumento en los tiempos de viaje de los pasajeros. Tampoco se acordó de los usuarios cuando diseñó un sistema que hará colapsar al Metro, como lo temen los propios directivos de esa empresa.
Una de las pocas decisiones que se tomaron pensando en los usuarios fue la tarifa plana de $380, aunque ya se anunció que desde Agosto se pagarán $20 adicionales por transbordo. Es de esperar que la tarifa se mantenga en un nivel parecido para garantizar el acceso al sistema de personas que no pueden pagar más por movilizarse.
Por todas las razones mencionadas, creo que la gran revolución del Transantiago es sólo un slogan. Porque no importa que exista en el papel un sistema integrado, con una malla de recorridos, supuestamente más eficiente, y buses más modernos, si los usuarios del sistema público no están conformes, porque sus viajes tardarán más o porque los nuevos buses tienen pocos asientos. Tampoco será una revolución, tal vez ocurrirá una contrarrevolución, si más personas decidan ocupar su auto en vez del Metro. Al final, serán los usuarios quienes decidirán el fracaso o el éxito del denominado plan estrella de la administración Lagos.