Transantiago: un problema de prioridades.


Transantiago: un problema de prioridades.

Faltan pocos días para que se cumpla un mes desde el inicio del Transantiago, el plan estrella de la era Lagos que se “inauguró” entre bombos y platillos en plena campaña presidencial y que hoy día amenaza la popularidad de la presidenta.

Durante este tiempo se han observado graves problemas que afectan profundamente a los usuarios del sistema público de transporte y disminuyen considerablemente su calidad de vida. Los largos tiempos de espera y los lentos transbordos amenazan con extinguir el poco tiempo que disponían para compartir en familia; la baja frecuencia de recorridos en la noche expone a muchos a ser asaltados cuando vuelven del trabajo y la incomodidad y hacinamiento en la que viajan son más parecidos al de un corral de animales que a otra cosa.

Y a la gente le debe quedar claro: estos problemas no se originan sólo por el incumplimiento de los contratos por parte de los operadores del sistema. La raíz del problema se encuentra en el mal diseño del plan y en una equivocada jerarquización de las prioridades, cuya responsabilidad recae únicamente en el gobierno anterior.

Pese a las advertencias de numerosos técnicos y del mismo Germán Correa, quien encabezó la comisión que diseñó el plan original, el gobierno de Lagos decidió priorizar la extensión de las líneas del Metro (que representan apenas el 20% de los viajes del sistema público) y la construcción de las autopistas urbanas, descuidando la inversión en infraestructura necesaria para la implementación del Transantiago (que se hace cargo del 80% de los viajes).

Funcionarios del mismo gobierno diseñaron una malla de recorridos y frecuencias entre cuatro paredes, sin consultarle a nadie, y creando un modelo burocrático y centralizado para reemplazar una red de recorridos que había creado el mercado. Y el resultado está a la vista: el mercado se encargó de recordar que algunas cosas no se pueden diseñar centralizadamente desde un escritorio, sino que se deben respetar las leyes de la oferta y la demanda. Tampoco existe un sistema de incentivos para los operadores, sino que generó un sistema fundado en el castigo y en las multas que, a todas luces, no opera correctamente.

Las prioridades también operaron equivocadamente cuando a fines de su gobierno Ricardo Lagos quiso utilizar electoralmente el tema, lanzando a las calles modernos buses oruga cuando el plan aún no estaba terminado. Y son las mismas autoridades que prometieron maravillas con el Transantiago las que ahora callan obligando a la administración actual a cargar con el muerto.

Sin embargo, si el gobierno actual toma el toro por las astas aún estamos a tiempo para sacar a flote el Transantiago. Para ello es necesario, primero que nada, que se reconozcan humildemente los errores cometidos y se comprometan a enmendarlos en forma racional y ordenada. Eso significa, en primero lugar, revisar los supuestos que sustentaron el diseño del plan y, en segundo lugar, no recurrir a soluciones medidas parche sino intentar resolver los problemas en forma integral, con calma.

El actual gobierno debe abandonar la actitud “a la defensiva” y reaccionar positivamente ante la crítica ya que a nadie le gusta el fracaso del Transantiago, por el inmenso costo que están pagando la clase media y los sectores más necesitados de nuestra sociedad. De hecho, ya elaboramos una serie de medidas que, aplicadas con inteligencia y decisión, podrían impedir que un barco tan importante como éste naufrague.



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